El reto de verdad después de 40 años

Si tuviera que usar una sola palabra, diría que sí. Que la Constitución de la que hoy celebramos el 40 aniversario ha cumplido con las expectativas de aquellos que la crearon y del pueblo español que la validó en referéndum el 6 de diciembre de 1978. En este sentido, sigo pensando que un proyecto como el documental de “La Transición”, de Victoria Prego (se puede encontrar con facilidad en YouTube), ayuda a comprender todo lo que se hizo en aquellos años. Ayuda a ponernos las gafas de los años 70, ejercicio imprescindible antes de emitir muchos de los juicios gratuitos que se leen estos días sobre el “régimen del 78”. Un régimen que es democrático, a pesar de todo.

Y cuando se conversa con profundidad con la generación protagonista de aquellos días, uno se da cuenta, e incluso ellos mismos se dan cuenta- que hemos hecho un largo camino desde entonces. Pero hay que tomar un poco de perspectiva para verlo. El día a día de la política, a menudo, nos adentra en un mar de niebla demasiado espesa.

Lo cierto es que la Constitución del 78 aún hoy es relevante, porque cualquier democracia siempre necesita que su constitución sea relevante. Está claro que, hoy en día, incluso una parte de aquellos que la crearon y votaron, creen que hay que ponerla al día. Pero también, muchos, destacan que el espíritu de reconciliación y entendimiento que hicieron posible aquellos acuerdos políticos han sido olvidados o dejados de lado por posteriores desarrollos constitucionales.

Una parte de ellos ven esto como un fallo sistémico. Otros lo ven como el gran reto para las generaciones que no participaron del consenso del 78. Por cierto, empieza a ser recurrente el argumento de que somos muchos los que no hemos podido votar la Constitución por una simple razón cronológica: el 1978 no teníamos 18 años. Es un argumento simple que cala. Pero pensemos un poco antes de utilizar este frágil argumento. Ningún estadounidense, ninguno, ni uno, ha votado su Constitución. Y no por eso la cuestionan.

Lo que de verdad está en juego es si nuestra generación es capaz de construir un nuevo consenso constitucional que cubra nuestras expectativas y, lo que es más desafiante, si somos capaces de ponernos de acuerdo en cuáles son estas expectativas colectivas.

La adaptación de la Constitución a los nuevos tiempos no es la parte difícil. La parte difícil es, primero, ser conscientes de que, en los años 70, se fraguó un consenso alrededor de libertad, amnistía y Estatut de autonomía. Libertad significaba democracia. Amnistía significaba perdón y reconciliación. Autonomía significaba el reconocimiento de la diversidad interna española (cuatro lenguas, más de cuatro culturas, el sentimiento, entre algunos españoles, de tener una pluralidad de identidades…). Hubo una vez en que todo esto fue un hecho. Hoy sólo la libertad y la democracia está viva, sin dejar de estar amenazada. Sin embargo, tenemos un debate evidente sobre el alcance real de la amnistía, con una insistencia por hacer, por ejemplo, políticas de memoria tendenciosas. Como bien escribía esta semana Antoni Puigverd en La Vanguardia, “la memoria o es inclusiva o no es histórica, sino una victoria retrospectiva, que replantea el conflicto y estimula el retorno del adversario”. Y tenemos, también, un debate muy real en torno a la diversidad interior de España.

Ambos debates, el de la memoria y el de la pluralidad de identidades, son tan sensibles que precisan mucho esfuerzo político antes de empezar a plantearse ninguna reforma constitucional.

Es por eso que podríamos entretenernos a definir qué cambios podríamos incorporar a la Constitución española, pero la cuestión es tan seria que no podemos plantearla como si se tratara de una tertulia de bar.

Antes de escribir ninguna propuesta seria, necesitamos recuperar muchas dosis de empatía, es decir, entender que el otro piensa lo que piensa; mucha pedagogía, es decir, explicar a los demás porque yo pienso lo que pienso; y necesitamos con urgencia una visión política del conjunto de España desde su diversidad y pluralidad, lo que no se cuestionaba, o no tanto, hace cuarenta años y ahora parece que sí. Una visión que debemos construir entre todos, asumiendo nuestra diversidad. Una visión que, sobre todo, no se puede construir contra nadie, pero tampoco excluyente, despreciando o negando a nadie.

Y este es el reto real. Mucho más que ponernos a escribir reformas constitucionales.